top of page
  • Equipo de Misión Waldorf

Cuento de Navidad: El Hijo de Dios Padre



Cuando la Noche Buena envolvió con su manto lentamente la Tierra, todo era un profundo silencio.


Parecía como si el mundo hubiera detenido la respiración. Mas en los cielos los Ángeles miraban hacia las más sublimes esferas, allá donde se encontraba el Trono De Dios Padre rodeado de los Querubines y los Serafines.


Se repente, sucedió lo esperado y anhelado durante tanto tiempo; se hizo visible el Trono De Dios Padre a las jerarquías, al abrirse este círculo.


Del solio se separa el Ser más excelso, tan luciente y puro, tan claro y sereno que ningún lenguaje, ni aún el celeste, lo puede describir. De forma benévola miraba hacia La Ronda de los ángeles, que le contemplaban adorándolo.


Posteriormente Él cede paso a Dios Padre, que con su sacra y seria mirada penetraba las esferas de los seres celestes. Frente a Él se abrió un sendero de luz que llegó hasta la tierra, donde los ángeles ahora podían distinguir un humilde establo, en el cual una mujer y un hombre estaban sentados a lado de un pesebre, junto a un buey y un burrito.


El hombre estaba somnoliento; en cambio la mujer, al dirigir la mirada al cielo, descubrió ese vía luminosa, y levantó sus brazos como esperando algo.


Entonces en ese momento, el Ser Luminoso, el Hijo De Dios, que se había separado del trono del Padre, emprendió su camino y empezó a descender lentamente hacia la Tierra, aclamado y acompañado por el canto de los coros angelicales.


Mientras pasaba de una esfera celeste a la otra, se transformaba constantemente: primero en un Serafín, después en un Querubín para desprenderse, como de un ropaje, poco a poco, de las formas gloriosas de los seres celestes.


Pasó por el círculo de los Arcángeles; después por la ronda de los Ángeles para también trascenderla. El sencillo establo empezó a relucir cuando el Ser Luminoso se acercó a María, y como imagen luminosa se inclinó hacia ella. Su luz se reflejó en los ojitos del Pequeño Niño, que era cargado por María, su madre.


Nuevamente vibraban los cielos por los cánticos de los Ángeles y la tierra resonaba por la glorificación de los seres celestes: "Hoy ha nacido El Salvador, Cristo Jesús".


Desde esa noche jamás se ha vuelto a cerrar el círculo de los Querubines y Serafines. Cada año esa vía luminosa, nuevamente, se forma desde el trono De Dios Padre hasta la Tierra, para que este Excelso Ser transite por ella, y así nacer entre los hombres.


Y también para sembrar Su luz dentro de los corazones, y relucir a través de sus ojos, al igual que antaño ha lucido desde los ojos del Niño Jesús.



Tomado del libro "Cuentos de Adviento y Navidad", Editorial Dilema.




27 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page