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Los sentidos de la Pedagogía Waldorf en el primer septenio.

hace 5 días
7 min de lectura

Cómo acompañar a nuestros niños en casa desde la mirada de la pedagogía Waldorf.


Cuando hablamos de los sentidos, generalmente pensamos en los cinco que aprendimos desde pequeños: vista, oído, tacto, olfato y gusto.


Sin embargo, dentro de la pedagogía Waldorf, la percepción humana puede comprenderse de una manera más amplia a través de doce sentidos. Esta mirada, desarrollada a partir del trabajo de Rudolf Steiner, no se limita a aquello que percibimos con los órganos de los sentidos que conocemos habitualmente. También contempla cómo percibimos nuestro propio cuerpo, nuestro movimiento, nuestro equilibrio y nuestro estado interno.


Para quienes acompañamos a niños pequeños, quizá lo más importante no sea memorizar los doce sentidos, sino hacernos una pregunta:


¿Qué necesita vivir un niño para construir una relación sana con su cuerpo, con el mundo y con las personas que lo rodean?


Antes de aprender a leer, escribir, contar o comprender conceptos, el niño está realizando algo mucho más fundamental:

está aprendiendo a estar en el mundo.

Y para estar en el mundo necesita sentirlo.


Los 12 sentidos y el primer septenio waldorf


Desde la perspectiva de la pedagogía Waldorf, los doce sentidos suelen contemplarse en tres grandes grupos. Durante el primer septenio, que comprende aproximadamente los primeros siete años de vida, cobran especial importancia los llamados cuatro sentidos inferiores: el sentido del tacto, el sentido vital o de la vida, el sentido del movimiento propio y el sentido del equilibrio.


Estos sentidos están relacionados con la experiencia del propio cuerpo: sus límites, su estado interno, el movimiento y la relación con el espacio.


Para un niño pequeño, estas experiencias forman parte de un enorme proceso de descubrimiento:


¿Dónde está mi cuerpo?

¿Cómo me siento?

¿Qué puedo hacer?

¿Cómo puedo moverme?

¿Cómo me relaciono con el mundo que me rodea?


Por eso, en la pedagogía Waldorf se da tanta importancia al juego libre, el movimiento, el ritmo, las actividades cotidianas y el contacto real con el mundo. No se trata de adelantar aprendizajes escolares, sino de cuidar las experiencias que forman parte de esta etapa de la infancia. En el jardín de niños Waldorf, por ejemplo, el movimiento, la imitación, las actividades manuales y las tareas cotidianas ocupan un lugar importante.


los 12 sentidos pedagogia waldorf

El sentido del tacto: “Este es mi cuerpo. Aquí estoy yo.”


El tacto no solamente nos permite conocer cómo son las cosas que tocamos. También nos ayuda a experimentar nuestros propios límites corporales: dónde termina nuestro cuerpo y dónde comienza aquello que está fuera de nosotros.


Desde que nace, el niño recibe innumerables experiencias de contacto: los brazos que lo sostienen, una mano que lo acaricia, el agua del baño, la ropa sobre su piel y el suelo que toca cuando comienza a desplazarse.


En casa podemos ofrecer muchas experiencias sencillas sin necesidad de comprar materiales especiales.


Caminar descalzos sobre diferentes superficies, jugar con arena, tierra, agua, semillas o madera, cocinar y amasar juntos, lavar las manos lentamente, participar en el baño con presencia, envolver al niño con una toalla, dibujar suavemente figuras en su espalda, construir pequeños espacios para entrar, salir, esconderse y aparecer, cargar objetos adecuados para su edad, empujar o arrastrar cajas ligeras, y jugar con telas y mantas.

Y hay algo especialmente importante que podemos recordar:


el contacto humano también es una experiencia sensorial.


Un abrazo presente es diferente de un abrazo distraído. Una mano que acompaña es diferente de una mano que apresura.


Cuando tocamos a nuestros niños, podemos hacerlo con verdadera presencia.


El sentido vital: aprender a escuchar cómo estamos


El sentido vital o sentido de la vida se relaciona, dentro de esta concepción, con la percepción de nuestro propio estado corporal: bienestar o malestar, cansancio, hambre, saciedad y necesidad de descanso.


Los niños también necesitan aprender poco a poco a reconocer las señales de su propio cuerpo.


Aquí aparece una palabra fundamental para la pedagogía Waldorf: el ritmo.


El ritmo no significa vivir bajo horarios rígidos. Significa que la vida tiene una respiración: hay momentos para la actividad y momentos para el descanso; momentos para jugar y momentos para recoger; momentos para comer y momentos para esperar; momentos de encuentro y momentos de silencio.


Para un niño pequeño, esta repetición cotidiana puede convertirse en un sostén.

Podemos cultivarla procurando cierta regularidad en los horarios de sueño y alimentación, creando pequeños rituales para ir a la cama, permitiendo momentos de juego libre, evitando llenar todos los espacios del día con actividades, anticipando los cambios y respetando los momentos de descanso.


También podemos aprender a observar antes de intervenir.

A veces un niño que parece difícil puede estar simplemente cansado.

A veces uno que está irritable necesita comer.

A veces uno que corre sin parar necesita movimiento y, en otras ocasiones, necesita exactamente lo contrario: bajar el ritmo.

El sentido vital nos invita a preguntarnos:

¿Cómo está este niño?

Y no solamente:

¿Qué está haciendo?


El sentido del movimiento propio: “Yo puedo hacer”


El sentido del movimiento propio nos permite percibir dónde están las diferentes partes de nuestro cuerpo, cómo se mueven y cómo cambia nuestra posición cuando nos desplazamos.


Para un niño pequeño, aprender a subir una escalera, ponerse un pantalón, brincar, correr o cargar un objeto significa mucho más que realizar una acción.


Está construyendo una relación con su propio cuerpo y descubriendo sus posibilidades.

Por eso, durante el primer septenio necesitamos mucho movimiento real:


correr, saltar, trepar, caminar, gatear, arrastrarse, cargar, empujar, jalar, construir, deshacer y volver a construir.


Pero existe otro espacio extraordinariamente rico para el desarrollo del movimiento:

la vida cotidiana.


Que un niño ayude a poner la mesa, lleve una servilleta, guarde sus juguetes, amase, lave una fruta, tienda una pequeña prenda, barra, riegue las plantas o camine en lugar de ser llevado cuando ya puede hacerlo son experiencias que le permiten descubrir:

“Yo puedo hacer.”

La vida cotidiana ofrece así un enorme espacio para el aprendizaje corporal y el desarrollo de la autonomía.


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El sentido del equilibrio: encontrarnos en el espacio

El sentido del equilibrio nos permite experimentar la situación de nuestro cuerpo en el espacio.


Los niños necesitan oportunidades para encontrar y poner a prueba su equilibrio de manera natural: caminar sobre diferentes superficies, caminar sobre una línea, subir y bajar, saltar, balancearse, trepar, columpiarse, brincar, andar en bicicleta cuando corresponda a su edad y jugar en espacios naturales.

No necesitamos convertir estas experiencias en ejercicios dirigidos.

Muchas veces, el juego libre ya contiene una enorme riqueza de experiencias de equilibrio.


Un tronco en el parque, una piedra, una pequeña pendiente o un juego de subir y bajar pueden convertirse en oportunidades para que el niño encuentre por sí mismo la manera de organizar su cuerpo.


Más que estimular los sentidos: ofrecer experiencias verdaderas


Al hablar de los sentidos podemos caer fácilmente en la idea de que necesitamos realizar muchas actividades para “estimular” cada uno de ellos.


Sin embargo, la mirada que queremos compartir es diferente:


No necesitamos hacer más y más actividades. Muchas veces necesitamos hacer menos, pero vivirlo con mayor presencia.


Una vida cotidiana sencilla puede ofrecer innumerables experiencias sensoriales:

Tocar.

Moverse.

Equilibrarse.

Descansar.

Dormir.

Comer.

Jugar.

Construir.

Participar.


Y, sobre todo, repetir.

El niño aprende a través de la experiencia cotidiana y de aquello que puede vivir directamente con su cuerpo. Los cuatro sentidos que hemos revisado no necesitan trabajarse de manera aislada; están profundamente relacionados entre sí.

El niño toca y descubre sus límites.

Se mueve y descubre lo que puede hacer.

Se equilibra y descubre su relación con el espacio.

Percibe su bienestar y descubre cómo se siente estar dentro de su cuerpo.


Los sentidos y la vida cotidiana frente a las pantallas


Vivimos en una época con muchas posibilidades, pero también con una enorme cantidad de estímulos.


Por eso, además de preguntarnos cuánto tiempo pasa nuestro hijo frente a una pantalla, podemos hacernos una pregunta más amplia:


¿Qué experiencias corporales están dejando de suceder mientras está frente a esa pantalla?


¿Está dejando de correr?

¿De jugar con otros niños?

¿De construir?

¿De aburrirse?

¿De tocar diferentes materiales?

¿De experimentar el espacio?

¿De conversar cara a cara?

¿De observar la naturaleza?

¿De participar en la vida familiar?

No se trata de demonizar la tecnología.

Se trata de recuperar el equilibrio y proteger un espacio suficiente para las experiencias propias de la infancia.


Algunas preguntas para nuestra vida familiar


Más que una lista de actividades para estimular los sentidos, podemos llevarnos algunas preguntas para observar nuestra vida cotidiana.

¿Hay movimiento?

¿Mi hijo tiene diariamente oportunidades para caminar, correr, saltar, trepar, cargar o empujar?

¿Hay ritmo?

¿Existe cierta regularidad en el sueño, la comida, el juego y el descanso?

¿Hay experiencias reales?

¿Participa en las tareas de la casa y en la vida familiar?

¿Hay naturaleza?

¿Puede tocar tierra, plantas, piedras, agua y madera?

¿Hay silencio?

¿Tiene momentos sin música, televisión, dispositivos o estímulos constantes?

¿Hay contacto humano?

¿Tenemos tiempo para conversar, cantar, escuchar cuentos, cocinar juntos y abrazarnos?

¿Hay juego libre?

¿Tiene momentos en los que no le decimos qué hacer y puede crear su propio juego?

Estas preguntas pueden ser mucho más valiosas que intentar llenar cada día con nuevas actividades.


Para llevar a casa

Quizá podamos quedarnos con una imagen muy sencilla:

Un niño necesita un cuerpo que pueda sentir, un espacio que pueda explorar y un mundo que pueda descubrir poco a poco.


Un suelo que pueda sentir.

Un árbol que pueda tocar.

Una comida que pueda saborear.

Una canción que pueda escuchar.

Un cuerpo que pueda mover.

Un espacio donde pueda descansar.

Un adulto que realmente lo mire.

Una voz que realmente lo escuche.


La perspectiva de los 12 sentidos en la pedagogía Waldorf nos invita a ampliar nuestra mirada sobre lo que significa percibir. Pero, sobre todo, nos recuerda que durante el primer septenio los niños necesitan experiencias verdaderas.


Por eso, quizá podamos cambiar una pregunta.


En lugar de preguntarnos solamente:

“¿Qué necesita aprender este niño?”

podemos preguntarnos:

“¿Qué necesita vivir?”

Y durante el primer septenio, muchas veces la respuesta es sencilla:

Necesita vivir, sentir, moverse, jugar, descansar, encontrarse y descubrir.

 
 
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